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Prensa

Un estudio de la BBC desvela los precios actuales del fútbol inglés, cada vez más alejados de las posibilidades de la clase obrera y media baja gracias a las que se ha convertido, durante más de un siglo, en el deporte del pueblo

Los grandes clubs parecen estar hartos de los hinchas de base. En cierto modo, ¿quién puede darles la culpa de eso? Los jóvenes varones de clase obrera, de clase media baja, suelen traer de la mano un complejo y a veces inquietante conjunto de problemas propios, los presidentes y los consejos podrían sostener que dispusieron de un ocasión y que la echaron a perder, e incluso que las familias de la clase media -el nuevo público al que se quiere traer al estadio- no solo se portarán como es debido, sino que además pagarán mucho más para hacerlo.

Este argumento tiende a pasar por alto ciertas cuestiones capitales sobre la responsabilidad y la justicia, así como que los clubs de fútbol tengan o no un papel que desempeñar en la comunidad a la que pertenecen.  Pero es que aun cuando no se tengan en cuenta estos problemas, a mí me da la impresión de que en todo el razonamiento se esconde un defecto fatal. Parte del placer que se tiene en un estadio de fútbol es una mezcla de lo indirecto y lo parasitario, ya que a menos que uno esté en el Fondo Norte, o en el Kop si uno es hincha del Liverpool, o en Stretford End si el equipo de sus amores es el Manchester United, confía plenamente en que sean otros los que aporten el ambiente, y el ambiente es uno de los ingredientes clave de la experiencia futbolística. Estos inmensos fondos son tan vitales para los clubs como para los propios jugadores, no solo porque los ocupantes de los fondos manifiestan sonoramente su apoyo incondicional al equipo, no solo porque proporcionan al club cuantiosas sumas con cada partido (aunque estos factores no sean no mucho menos desdeñables), sino sobre todo porque sin su concurso nadie se tomaría la molestia de ir al campo.

El Arsenal, el Manchester United y los demás son victimas de la ilusión de que la gente paga el precio de la entrada para ver jugar a Paul Merson y a Ryan Giggs, y por supuesto es así. No obstante, con muchos -las personas que ocupan los asientos que cuestan unas veinte libras, y los tíos de tribunas y palcos- los que también pagan por ver cómo ve la gente a Paul Merson (o por oír como le gritan a voz en cuello). ¿Quién pagaría por una tribuna si el campo entero estuviese lleno de ejecutivos? El club vende entradas de tribuna y de palco con la condición de que el ambiente es gratis, por lo cual es lícito pensar que el Fondo Norte ha generado tantos ingresos como cualquiera de los jugadores. ¿Quién se va a ocupar del ruido a partir de ahora? ¿Seguirán yendo al campo los chavales de clase media, con sus padres y sus madres, si son ellos los que tienen que generar el ruido y el ambiente? ¿No tendrán la sensación de que les han timado? Efectivamente, así las cosas el club les habrá vendido entradas para un espectáculo cuyo mayor atractivo ha sido eliminado precisamente para dejarles sitio a ellos.

Un apunte más sobre el tipo de público que el fútbol ha decidido que quiere tener: los clubs tienen que asegurarse de ser muy buenos, de que no habrá años de vacas flacas, por que ese nuevo público no tolerará un solo fracaso. Ese público no lo conforman personas capaces de ir a ver a jugar al equipo contra el Wimbledon por ejemplo en pleno mes de marzo, cuando el equipo esté en decimoprimer lugar de la clasificación y haya sido eliminado de todas las competiciones de Copa. ¿Por qué iban a ir al campo en esas condiciones, si tiene muchísimas otras cosas que hacer? Por eso, si no me equivoco, el Arsenal ha apostado por no pasar más rachas de diecisiete años sin ganar un solo título, tal como ocurrió entre 1953 y 1970, ¿no es eso? Se acabaron los flirteos con el descenso, como en 1975 y 1976, o los lustros en los que no estuvimos presentes en ninguna final, como ocurrió entre 1981 y 1987. Nosotros, los ingenuos incondicionales, aguantamos todo eso y mucho más. Al menos estamos presentes veinte mil de los nuestros, por mal que vaya el equipo (y a veces ha ido mal, muy mal, fatal). En cambio, ese nuevo público… bueno, yo no estaría tan seguro.

 Nick Hornby

(Fever Pitch, 1992)

@cescguimera

El ex delantero del Liverpool habla para Marc Hervez (So Foot) en el número 1 de la revista Panenka

A Robbie Fowler no le hizo falta coleccionar Copas de Europa como Kenny Dalglish, o ligas, como Ian Rush, o ser el gran capitán y líder del equipo durante más de una década como Steven Gerrard para ser considerado un Dios por la afición del Liverpool. Quizá fue por sus goles, 183 en 369 partidos, por su implicación con la ciudad cuando enseñó en una celebración una camiseta a favor de los trabajadores del puerto o simplemente por ser el chico del barrio que cumplió el sueño de golear con el equipo de su vida. “Era una época en la que todos tenían apodos (‘God’ era el suyo). Yo era el chaval del barrio que jugaba para el club del barrio. Tenía la vida con la que los supporters soñaban y la vivían un poco a través mío”, asegura el mítico delantero en la revista Panenka. Con su envidiable naturalidad y sin complejos, Fowler repasa su carrera y la actualidad el fútbol inglés con Marc Hervez.

Nacido en Toxteth, en el corazón de Liverpool, Robert Bernard Fowler fue el preferido de la afición en una época en la que Anfield derrochaba talento gracias a una hornada de futbolistas precoces, descarados y sobrados de calidad. Ahora, con 36 años, sigue disfrutando del fútbol y de una vida privilegiada en Tailanda. Después de dar los últimos coletazos en el alto nivel con el Cardiff City y apenas unos meses en el Blackburn, dirigido por su ex compañero en el Liverpool Paul Ince, no quiso buscar un retiro dorado en Estados Unidos o algún emirato árabe y se decantó por la aventura australiana en que defendió las camisetas del North Queensland Fury y el Perth Glory. “Me fui a Australia para descubrir una cosa diferente. El nivel equivaldría a la League Two, no hay más de 9.000 espectadores por partido, la temporada es muy corta, siete u ocho meses, y cada desplazamiento son mínimo tres horas y media de avión”. El pasado mes de junio firmó por el Muangthong United del que ahora es entrenador-jugador. “Son la gente más amable del planeta. Me paran por la calle, me abrazan y me explican que se mueren de ganas por verme jugar. ¡Además estoy en un superhotel”, bromea.

Robbie Fowler, el Dios de Anfield

Talento precoz, Fowler sufrió una lesión de rodilla con 23 que le impidió ir al Mundial 98 en el mejor momento de su carrera. “Muchas personas piensan que jamás volví a ser el mismo, pero siempre he marcado goles, incluso cuando regresé al Liverpool con 32 tacos no me fue nada mal”. En Francia, Inglaterra cayó, como casi siempre, en cuartos de final, algo que se ha ido repitiendo casi por sistema en las últimas grandes citas. El delantero no es muy optimista sobre el momento que atraviesa el fútbol inglés: “En mi época y en mi posición había gente como Sheringham, Shearer o Andy Cole. Tuve que esperar a marcar casi cien goles para que me llamasen con la selección. Hoy a un jugador le bastan diez partidos en la Premier. Tenemos un problema”

Pese a no poder volver llevar a Anfield el tan ansiado título de liga y ver desde la grada de Atenas –Rafa Benítez le dejó fuera de la convocatoria- como también se le escapaba la posibilidad de ser campeón de Europa, Robbie hace balance positivo de sus años en al élite. “Me hubiera gustado ganar más títulos pero no cambiaría mi carrera por nada el mundo. He disfrutado cada minuto”, asegura. Y añade, tajante: “Mi único lamento es no haberme podido quedar más tiempo en el Liverpool”.

Junto a Steve McManaman fue el símbolo de los llamados Spice Boys, de los que también formaban parte ilustres jóvenes ‘Reds’ como Jamie Redknapp, David James, Phil Babb, Stan Collymore y Jason McAteer. “Nunca me gustó ese sobrenombre. Parecía que no entrenásemos tan duro como el resto de los equipos. Había ciertas noches en las que nos juntábamos y tomábamos copas, como cualquier otro grupo de compañeros de trabajo”. Algunas anécdotas reflejan la unión de aquel grupo más allá de lo estrictamente profesional. “Un día nos reunimos para comprar un caballo. Como no sabíamos como llamarlo, le pusimos ‘el Caballo’ y al cabo de un tiempo compramos otro y le pusimos ‘el otro Caballo’. Con McManaman llegamos a tener hasta cinco”. Y es que ‘Macca’ es especial para él: “Siempre será mi mejor amigo”.

Fowler junto a su gran amigo Steve McManaman

Identificado con la ciudad y sus problemas, Fowler se ganó el corazón de muchos por mostrar una camiseta a favor de los trabajadores del puerto de Liverpool en la celebración de un gol. “En aquella época estaban perdiendo sus puestos de trabajo y había muchas huelgas. Tenía ganas de mandarles mi ánimo porque creía en lo que no estaban teniendo la cobertura informativa que merecían. Quizá no les ayudé a largo plazo pero puse sus problemas sobre la mesa cuando nadie hablaba de ellos. Con lo expuestos que estamos mediáticamente, nuestra obligación es echar una mano cuando la gente lo necesita”.

Aunque para célebre la celebración ante el Everton en la que se esnifó una de las líneas del campo en las narices de los seguidores ‘Toffees’ que le costó seis partidos de suspensión y una buena multa: “Durante muchos años se rumoreó que yo era cocainómano y aquello salió de los seguidores del Everton. Tenía muy claro lo que quería hacer así que marqué y me lancé”. Aquella animadversión mutua quizá surgió porque Robbie era un reconocido seguidor del Everton de pequeño. “El Liverpool me ha enseñado todo lo que se. Desde el día en que entré en la academia del Liverpool jamás volví a pisar Goodison Park”, afirma la leyenda ‘Red’.

Como seguidor del club no se tomó nada bien la marcha de Fernando Torres y no dudó en ponerse la camiseta delantero español para una campaña benéfica en la que varios deportistas se desprendían de una camiseta que odiaban: “Un compañero me dijo que llevara la del Manchester United, pero preferí llevar la del Liverpool con el 9 de Torres. Me tocó mucho los huevos que se fuera al Chelsea”.

Símbolo del Liverpool contra símbolo del United. Fowler vs Roy Keane

Uno de los rumores que siempre han rodeado a Fowler es el de haber acaparado una de las mayores fortunas de Inglaterra. Él se lo toma a broma. “Anda que no me he reído con esa leyenda urbana. En el Manchester City los supporters cantaban ‘We all live in a Robbie Fowler’s house’ con el ritmo de “Yellow Submarine” de los Beatles. El cántico decía que todas las casas del país era mías. Es verdad que tengo varias propiedades y acciones pero no hasta ese punto. Desde joven me dejé aconsejar por gente que invirtió mi dinero. Pronto entendí que mi carrera no iba a durar para siempre y que hacía falta tomar las decisiones correctas”

Robbie Fowler está de vuelta de todo y todavía le preocupa menos que antes entrar al trapo con la prensa y algunos seguidores si lo cree conveniente. Para ello tiene una nueva herramienta: “Twitter es fantástico. Si la prensa publica cualquier mentira puedes responder y aclarar las cosas inmediatamente. También facilita que los fans se comuniquen contigo y te conozcan mejor. El otro día hubo uno que me tocó las narices con lo de la coca. Si no le contestas, da la sensación que ha ganado. Así que respondí que venía de hacerme dos rallas en casa de su madre”. Genio y figura.

España hunde a Inglaterra

– “Todo gran proyecto debe tener su comienzo, pero continuar hasta al final es lo que rinde la auténtica gloria”. (Francis Drake)

España ha acabado con el complejo de superioridad inglés. Si hay algo que ha definido a la pérfida Albión desde la destrucción meteorológica de la Armada Invencible en 1588 ha sido la convicción de que es un pueblo elegido, destinado a reinar sobre los mares y la tierra. El colapso del Imperio después de la Segunda Guerra Mundial sacudió la fe, minó certezas, pero los hechos empíricos no pudieron acabar con la convicción colectiva de que, en el fondo, los ingleses seguían siendo, por derecho ancestral, los maestros del universo.

Esta magnífica irracionalidad se despliega en toda su estruendosa pompa cada vez que Inglaterra se clasifica para la fase final de un Mundial o de un campeonato europeo de fútbol. Animados por el caricaturesco patriotismo de la prensa tabloide, reflejo y expresión de la desorbitada vanidad nacional, llegan a las grandes competiciones internacionales convencidos, contra toda lógica y todo precedente, de que las van a ganar. Ahora ya no.

La selección inglesa se clasificó la semana pasada para la fase final de la Eurocopa de 2012, pero resulta imposible encontrar a un columnista, a un exjugador, a cualquiera de la legión de opinadores futboleros de la isla que albergue la más mínima esperanza de que Inglaterra salga campeona. ¿Qué les ha hecho despertar de su histórica borrachera? El juego que sigue exhibiendo el equipo de Vicente del Bosque les ha dado un baño de agua fría. Los ingleses se asoman a ver cómo juega España, por ejemplo, contra los vecinos escoceses esta semana y concluyen que no hay nada que hacer, que este muro ni en sus sueños lo derriban.

Rooney se perderá dos partidos de la Euro por su agresión a Miodrag Dzudovic

Pocas naciones se miran el ombligo con más fascinación que los ingleses, especialmente cuando el tema es el fútbol. Pero un repaso exhaustivo de los medios ingleses a lo largo de la última semana revela que hablar de la superioridad de la selección española se ha vuelto una obsesión. El refrán en boca de todos es: “Seamos sinceros: no podemos con los españoles”. Sin excluir a los tabloides de mayor venta, el Sun y el Daily Mail. El titular del Sun sobre una historia que microanalizaba el primer gol de España contra Escocia fue: Once jugadores, 42 toques y un gol perfecto tras un minuto y 34 segundos de posesión… ¿Qué esperanza tiene Inglaterra?

El Mail publicó un artículo lamentando el hecho de que el mes que viene la selección inglesa, muy necesitada de recuperar la moral, se mide a España en un partido amistoso en Wembley. Lo alarmante, dijo el Mail, es que la selección española es hoy superior a la que ganó el Mundial en Sudáfrica. No solo gana y gana, sino que marca más goles. “España tiene jugadores tan inteligentes en todas las posiciones”, decía el artículo, “que resulta inevitable que mejoren con el tiempo”.

Está claro, en cambio, que los jugadores ingleses no son muy dotados en el terreno cerebral. El mejor ejemplo lo da el más dotado con el balón, Wayne Rooney, cuya descarada y absolutamente innecesaria patada a un jugador montenegrino la semana pasada le supuso una tarjeta roja y una sanción que significa que se perderá los primeros tres partidos de la Eurocopa el año que viene.

Pero la falta de materia gris es solo parte del problema, y no la más importante. Una diferencia notable entre los jugadores españoles en general, no solo los de la selección, y los ingleses es que los españoles son gente más centrada. Tienen los pies más en la tierra, son más educados, saben escuchar. Lo cual significa que saben aprender. Eso, precisamente, es lo que les ayuda a mejorar.

Los ingleses, en cambio, se estancan, en el juego -siempre lo mismo, embarradamente previsibles- y en el tiempo. Por eso puede que esta revolución en el pensamiento que les ha provocado España les venga bien. Quizá adquieran, por fin, un poco de humildad, la necesaria para replanteárselo todo, para empezar de nuevo y volver a ser un día lo que en otros tiempos fueron, lo que son hoy los jugadores de la selección española, los maestros del universo.

John Carlin

Publicado en El País el 16 de octubre de 2011

Mientras que el técnico del Manchester United cumple hoy 24 años al frente del club inglés, Pep es partidario de ciclos no superiores a cinco años.

Cesc Guimerà / Germán Aranda

Ya antes de llegar a la presidencia del Barcelona, Sandro Rosell expresó en más de una ocasión que le gustaría que “Guardiola se convirtiera en el Alex Ferguson del Barça”. Se refería, por supuesto, a que el técnico tuviera todos los años que quisiera para que su filosofía echara raíces en el banquillo azulgrana. Hoy se cumplen 24 años de la llegada del entrenador escocés al Manchester United y Pep ni siquiera sabe que hará la próxima temporada, fiel a su idea de firmar contratos cortos y no extender su vinculación al club más allá de la actual campaña.

Pase lo que pase esta temporada, cuesta pensar que Guardiola no se siente en el banquillo azulgrana en el inicio de la próxima. Pero de su mentalidad inquieta, la misma que le llevó a probar nuevas experiencias en Brescia, Roma, Doha o Culiacán, se desprende que seguramente no estará dispuesto a acomodarse y perpetuarse en el cargo y menos todavía en el club de su vida.  Lo deja claro en las conversaciones que reproduce el Banc Sabadell en sus anuncios. “Se trata de hacer un trabajo que te guste y sentirte querido. En baloncesto, el entrenador los hace jugar a todos en un partido. Yo, en una plantilla de 19 o 20 jugadores, dejo a diez sin jugar. Y ellos entienden que yo no los quiero, continuamente. Es un drama. Por eso se acostumbra a entrenar en periodos de cinco años, porque ni ellos me aguantarán ni yo los aguantaré a ellos”.

Eusebio, ex jugador y técnico del Barça, conoce como pocos la idiosincrasia del club y la fuerte personalidad de su ex compañero. “Él tendrá la última palabra sobre su futuro. Su etapa acabará el día en que no se sienta motivado para seguir”, afirma el de La Seca, que vivió dos de los ciclos más exitosos de la historia de la entidad a las órdenes de Cruyff y al lado de Rijkaard. “El Barça es un club con grandes exigencias y cuando los resultados no llegan es natural que se tomen decisiones que normalmente pasan por el cambio de entrenador, pero Pep puede marcar una línea hacia el futuro”, asegura.

En la Liga española es difícil encontrar casos de técnicos que aguanten más de cinco años en un banquillo. La urgencia de resultados y el estado de ánimo de cada momento impulsan en muchas ocasiones a destituciones precipitadas. “Probablemente sea una cuestión de cultura. Aquí se buscan resultados inmediatos y un ciclo de cinco años o más comienza a ser complicado”, asegura Irureta, que permaneció siete temporadas en el Deportivo en las que rompió la supremacía del fútbol español con el título de Liga logrado el año 2000. “Cuando se contrata a un entrenador hay que tener paciencia, dejar que demuestre sus conocimientos y los pueda inculcar a la plantilla. Tener el conocimiento de un equipo cuesta tiempo. Es bueno que haya una cierta continuidad siempre que se vayan renovando las cosas”, opina el técnico vasco.

La voracidad de los banquillos españoles quedó plasmada esta misma semana con la destitución de Jesualdo Ferreira en el Málaga después de sólo nuevo jornadas. Entre los actuales técnicos de la Liga, Preciado es el que más años perdura en el cargo. Llegó al Sporting en la campaña 06-07 y ascendió al equipo en su segunda temporada.

En el Barça, Cruyff y Rijkaard protagonizaron los dos últimos ciclos completos. El primero tomó las riendas del equipo en 1988 y tuvo tiempo para armar un proyecto que daría como frutos las conquista de cuatro ligas y la primera Copa de Europa, pero también el nacimiento de una forma de entender el fútbol que distingue al club. Rijkaard, en cierta medida, protagonizó una situación con muchas similitudes a la de su compatriota. Se hizo cargo del equipo después de cinco años de travesía por el desierto, pudo trabajar durante una campaña y acabó por redefinir el estilo de Cruyff según los cánones actuales, aparte de lograr importantes éxitos deportivos.

Herrera y Van Gaal

Cruyff y Rijkaard son dos casos casi únicos en el Camp Nou que ha visto pasar grandes entrenadores de forma fugaz. Helenio Herrera sólo permaneció dos años antes de marchar al Inter para convertirlo en el mejor equipo del mundo, y volver en una segunda etapa también de dos años. Van Gaal sólo aguantó tres años pese a ganar dos Ligas por no conectar con la afición y Robson fue un puente para la llegada del holandés al que no retuvieron ni tres títulos.

Más extremo es el caso del Madrid, por el que han pasado diez entrenadores en los últimos siete años. El último que gozó de cierta continuidad fue Del Bosque y ni siquiera los títulos le salvaron. Algo muy similar a lo que sucedió con Capello o incluso con Pellegrini, que pese a no ganar ningún título, dirigió una de las mejores campañas blancas en Liga. El actual seleccionador podría haber protagonizado un ciclo, si cabe, más victorioso todavía, pero extraños motivos propiciaron su salida. “Cada caso es personal. Hay entrenadores con un carecer más impulsivo que se desgastan más y duran menos, mientras que otros de una manera más silenciosa pueden aguantar más tiempo. Depende mucho de los clubes. Hay algunos que buscan proyectos largos, pero es difícil porqué se mira mucho el resultado”, asegura Del Bosque. Eusebio, en cambio, cree que poco a poco se van produciendo cambios y vislumbra un futuro más alentador: “Con la entrada de gente más profesional en la gestión de los clubes puede que se trabaje con más paciencia y se crea más en los proyectos a largo plazo.”

¿Puede entonces el fútbol español cambiar toda una tradición y adaptarse a una nueva forma de entender la gestión de un equipo? ¿Puede darse un caso Ferguson? “Llega un punto en el que el club, la institución, le tiene tanta confianza que puede llegar a dominarlo todo. Hace el papel de entrenador, de secretario técnico, todos los trabajos posibles. Todas las figuras se centran en un solo personaje. Es tan bueno que lo domina todo de tal forma que es normal que haya durado tantos años”, explica el defensa del Barça Piqué, que trabajó junto a él durante dos temporadas en el Manchester United. Una figura como la del escocés sólo se entiende desde una manera particular de entender el fútbol, ya que además de permanecer casi un cuarto de siglo en el cargo tardó siete años en ganar la primera liga.

Pero si hay un caso sorprendente de longevidad en un banquillo es el del Guy Roux. El francés permaneció al cargo del Auxerre desde 1961 hasta 2005 y convirtió un equipo casi amateur en el campeón de Liga y Copa de Francia en 1996. “Me supe adaptar a los cambios del fútbol durante cuatro décadas, pero también estuve acompañado de éxitos”, remarca. “España e Inglaterra tienen dos formas muy distintas de ser. Los españoles son latinos, más impulsivos, y los ingleses son más reflexivos”.

Parece complicado cambiar en el fútbol una forma de entender las cosas vinculada a un modo de entender el día a día. Si Guardiola se convirtiera en el Guy Roux del Barcelona, abandonaría la entidad con 76 años, algo que parece una utopía. Seguro que lo que prima para  la directiva azulgrana a día de hoy es garantizarse que siga la campaña que viene.

Publicado en Público el 6 de noviembre de 2010

Dídac Peyret firma en El Periódico una impecable disección de la filosofía ‘Gunner’ en la era Wenger, para esporádicos del fútbol inglés.

Wenger marca el camino hasta el punto de que nadie se imaginaría a este equipo sin el técnico francés

Si la grandeza de un equipo se midiera por el juego, ajena a la jerarquía que conceden los títulos, el Arsenal sería el único equipo capaz de disputarle ahora el trono europeo al Barça. Concebido con jóvenes promesas y alejado del pragmatismo imperante, emerge como un factor singular de nuestro tiempo. Pocos clubs respetan licencias tan románticas como mantener en el cargo el mismo entrenador más de una década. Pocos equipos mantienen un compromiso tan grande con el espectáculo. Menos aún si los resultados, como ha ocurrido en los últimos años en el Arsenal, invitan a la agitación.

El fútbol exige preguntas para crecer (qué quiero ser, a qué quiero jugar) y el Arsenal responde con firmeza a todas estas cuestiones bajo el liderazgo casi fundacional de Wenger. Los grandes clubs se distinguen por una identidad fácilmente reconocible. En el Barça, por ejemplo, existe un pensamiento único sobre la idea del buen fútbol, solo concebido desde el trato delicado al balón. En el Milan, en cambio, veneran conceptos como la presión o la estrategia defensiva.

Arsène Wenger marca el camino. La importancia del francés es tan grande que nadie se imagina el Arsenal sin él. Irrumpió en Highbury en 1996 para refundar el discurso futbolístico de un club históricamente reñido con el espectáculo. Wenger estableció un nuevo vínculo con el aficionado gunner a través de un fútbol amable, encomendado al toque, de aire juvenil, lleno de dinamismo. Y lo hizo desde la seducción del discurso pedagógico primero –convenciendo a jugadores y afición– y más tarde con resultados visibles (campeón de la Premier en 1998, 2002 y 2004). Al habitual compromiso con el esfuerzo del jugador inglés, le ha añadido un conocimiento táctico superior y mayor disciplina en algunos hábitos alimenticios. Su ascendencia además va más allá de los terrenos de juego. Wenger es el ideólogo de un club basado en jóvenes jugadores y ventas millonarias. Ese ha sido uno de los puntos fuertes de su gestión: ha comprado muy bien y ha vendido mejor.

El club se ha asegurado un proyecto duradero pese a los constantes cambios en la plantilla. Wenger rompe con el tópico de que la única forma de competir es con inversiones millonarias y ahonda en valores como compromiso (ahí están los ejemplos de futbolistas como Henry o Cesc), aprendizaje o paciencia.

Cesc lidera un presente ilusionante. Fàbregas es de esos jugadores que te aseguran una forma de jugar reconocible y un modelo duradero. Junto al catalán, Wenger cuenta esta temporada con un conjunto joven pero de gran calidad. “No recuerdo haber entrenado un Arsenal con tanto talento”, lo dice Wenger. Y es algo a tener muy en cuenta viniendo de un hombre que ha entrenado a futbolistas como Bergkamp, Vieira o Henry.

El Arsenal asombra por su capacidad goleadora por lo que verlo jugar es una gozada. Mantiene el ritmo abrumador de la Premier, pero aclara el campo con la pausa de futbolistas como Cesc, Arshavin o Nasri. Ataca con precisión quirúrgica con balón y no se destempla cuando lo pierde. Song y Diaby ejercen de ancla defensiva y juegan fácil para que los peloteros marquen el ritmo. Ahí está también la irrupción de Vermaelen, central de toque fichado del Ajax; Gibbs, un portento físico en el lateral izquierdo, y Fran Mérida, otro centrocampista llegador con ADN Barça. Los intangibles que desprende el Arsenal junto a la calidad de sus grandes activos aseguran un equipo capaz de competir aunque debe ser más consistente en los partidos clave. El regreso de Van Persie, en abril, será un factor diferencial.

El Arsenal está obligado a preguntarse si es suficiente con dar espectáculo sin ganar títulos en los próximos años. En este sentido el futuro del máximo accionista Stan Kroenke marcará el devenir del club. El estadounidense está muy cerca del 29,99 %, un nuevo escenario que le obligaría, por ley, a hacer una oferta de compra por el club. Mantener algunos referentes como Cesc debería ser uno de los objetivos más inmediatos, pero el club aún genera menos ingresos que sus grandes rivales. Sus dos grandes patrocinadores son Nike y Emirates con 33 millones de dólares al año, mientras, el Manchester genera 60,8, casi el doble con Nike y AIG.

Habrá que ver ahora quién se mueve mejor en el contexto de crisis que azota la Premier. Con deudas históricas de Manchester, Chelsea y Liverpool, apuesten por la gestión del Arsenal, un ejemplo de club moderno. Fiel a sí mismo, que conoce sus debilidades –las respeta– y saca réditos a sus máximos activos.

Dídac Peyret

Publicado en El Periódico el 25/1/2010


Lo plantea Rick Broadbent en la edición on line de ‘The Times’

Tras analizar la situación de Rafa Benítez y la reciente salida de Anfield de Tom Hicks Jr por increpar vía email un aficionado que le recriminaba la mala situación económica del club,  el periodista pone en duda la calidad del argentino. ¿Es Emiliano Insúa el peor jugador en la historia moderna del Liverpool? ¿Desde Djimi Traoré por lo menos?

Desde Premier Football abrimos el abanico de posibilidades a Gabriel Paletta, Jan Kromkamp, Anthony Le Tallec, Sean Dundee, Bruno Cheyrou, Gregory Vignal, Bernard Diomedé y los guardametas Pegguy Arphexad y Charles Itandje.

Se aceptan propuestas.

– “Hasta cierto punto, no me arrepiento. Pero perdí 40 millones de libras, perdí mi esposa, perdí todo y he tenido que empezar mi vida de cero”.

(Mark Goldberg, ex dueño del Crystal Palace)

No deja de asombrar la incompetencia que demuestran las mentes más privilegiadas del fútbol a la hora de comprar jugadores. Los aficionados de a pie parecen estar igual o mejor informados que aquellos cuyo trabajo consiste en estar permanentemente al tanto del mercado. Alex Ferguson, Pep Guardiola, José Mourinho, Rafa Benítez: todos la pifian, todos han hecho inversiones lamentables.

Un libro exquisito sobre fútbol publicado en Inglaterra el año pasado puede servir de manual para los supuestos expertos ahora que hemos entrado en la época de fichajes invernales. Se llama Por qué pierde Inglaterra, y otros curiosos fenómenos del fútbol explicados y está escrito por Simon Kuper, excelente columnista del Financial Times, junto con Stefan Szymanski, descrito en la contracubierta como uno de los principales “economistas deportivos” del mundo.

Tras una recolección minuciosa de datos históricos y contemporáneos, los autores demuestran, entre otras cosas, que el fútbol es uno de los peores negocios del mundo, que los penaltis impactan mucho menos en los resultados de lo que la gente cree, que en Europa (con la notable excepción del Real Madrid) los equipos de las grandes ciudades de provincia han tenido mucho más éxito que los capitalinos, que los aficionados prefieren las Ligas en las que siempre dominan dos o tres equipos, que el fútbol reduce el índice de suicidios, que Noruega es la nación más fanáticamente futbolera del mundo, que los equipos que triunfan son los que pagan los sueldos más altos.

El libro está plagado de estadísticas, pero se lee con gusto. Tras señalar que desde 1970 Inglaterra ha estado igual de cerca, o de lejos, de ganar un Mundial que Bulgaria, Suecia y Polonia, los autores retratan de maravilla la patología patriotica del inglés frente a su selección: Inglaterra, escriben, “es un país de héroes desafortunados que ya no domina el mundo, aunque debería”.

En cuanto al tema de los fichajes, el libro saca una serie de lecciones que los Ferguson, Guardiola, etc. (sin olvidar a los todopoderosos presidentes de clubes en España) harían bien en aprender: jugadores de ciertas nacionalidades (Brasil y Holanda, en particular) están sobrevalorados; la mejor edad para comprar un jugador es entre los 20 y los 22 años; los jugadores mayores están sobrevalorados; la clave está en vender en el momento indicado, justo antes de que un buen jugador empiece a decaer; busca reemplazos para tus mejores jugadores antes de venderlos; siempre vende a un jugador cuando otro club ofrece más de lo que vale; los goleadores cuestan más de lo que valen; los porteros, menos; jugadores que han triunfado en un reciente Mundial o un campeonato europeo de naciones están sobrevalorados, mejor no comprarlos.

Los dos mejores ejemplos ingleses de cómo seguir estos mandamientos con inteligencia y criterio los dan, según los autores, Arsène Wenger, el entrenador del Arsenal, y el Nottingham Forest que triunfó en Europa en los años setenta bajo el mando del legendario Brian Clough y su astuto número dos, Peter Taylor. Wenger vendió a cuatro de sus jugadores de mayor renombre –Thierry Henry, Patrick Vieira, Emmanuel Petit y Marc Overmars– cuando sabía que les había sacado su mejor rendimiento, y que estaban a punto de entrar en la fase otoñal de sus carreras. Vendió a Nicolas Anelka al Real Madrid por cuarenta veces más dinero del que pagó por él.

Clough y Taylor compraron a Gary Birtles de un equipo amateur llamado Long Eaton por 2.000 libras y lo vendieron al Manchester United, tras sacar inmenso provecho de él, por 600 veces más dinero; ficharon a Roy Keane del Cobh Ramblers, irlandés, por 47.000 libras y lo vendieron por 80 veces más. Ganaron la Copa de Europa dos veces con el equipo más barato de la historia. Taylor, el genio de los dos en el tema de los fichajes, dijo una vez: “Un entrenador siempre debe estar atento a las señales de que un equipo ganador se está desintegrando para entonces vender los jugadores responsables antes de que los posibles compradores detecten su deterioro”.

Tanto para compradores como para vendedores, la lección es magistral. A ver si alguien hace caso.

John Carlin

Publicado en El País el 10/1/2010